lunes, agosto 20, 2007

La pataleta de Cebrián

Dice el dicho: La blanda respuesta la ira quiebra, la dura la despierta. La respuesta de Juan Luis Cebrián a la sentencia dictada por el juez De la Hoz despierta el ánimo dormido de quien le tenía por académico más ecuánime de lo que demuestra en su larga perorata del pasado 3 de agosto, donde entremezcla, de forma harto cuestionable, argumentos incontestables con las más subjetivas y discutibles de las opiniones.

Todos sabemos que hay gente que no sabe perder ni siquiera una batalla, que no la guerra, como hay quien no admite que le den un “no” por respuesta. El director fundador de El País ha demostrado dejarse llevar por esta corriente de intransigencia demagógica que nos atenaza para desilusión de quienes lo teníamos por persona más justa y equilibrada. Al final, la tozuda realidad nos deja constancia una vez más de que en cualquier lado del espectro ideológico se puede caer en las procelosas aguas de esa dialéctica trasnochada de la que hace gala Federico Jiménez Losantos.

Y con esto, ya me adelanto a posibles críticas: no comulgo en absoluto con el periodista de la COPE, al que ni siquiera sintonizo, y que no merece, a mi juicio, ni un minuto de atención por su falta absoluta de objetividad. Un exceso que también he denunciado en otros medios y periodistas, por contra socialmente aceptados, y que merecen la misma indeferencia e iguales críticas. Siempre pensé que la búsqueda de la verdad no milita en partido o tendencia alguna, y que los medios están para denunciar a diestra y siniestra cuando es menester, pero sin perder el “talante” y anteponiendo los hechos a las opiniones, siempre claramente delimitadas a su espacio específico.

El señor Cebrián se indignó con el auto en contra del juez De la Hoz a propósito de su denuncia contra el conocido periodista de la COPE por injurias y calumnias. La respuesta del académico fue un artículo titulado “La poca vergüenza”, salpicado de injustificados excesos verbales (criterio por cierto, señor Cebrián, que es imprescindible considerar en los juicios cuando se defienden los derechos que usted reclama y que debió ser usado por su abogado en las oportunas alegaciones y fundamentos jurídicos de su defensa. Ya lo dice el Tribunal Constitucional: Los derechos invocados en los artículos 16 y 20 no amparan el insulto, y usted como académico debe conocer cuál es el significado exacto del término insultar).

El derecho a la información, aún cuando se reclame desde un medio de comunicación como hace legítimamente el señor Losantos, no justifica cualquier violación de un derecho fundamental como el honor, aunque haya muchos “cortesanos” que en un momento determinado puedan invocarlo por puro interés. (Ténganlo en cuenta cuantos se amparan en el artículo 20 cuando no le vienen bien las cosas). Tiene usted toda la razón, pero hay que medir con la misma vara “todos” los casos, no solo cuando a uno le interesa porque le afecta directamente. Al fin y al cabo, la libertad de información y la libertad para expresar las ideas de cada uno han de fundamentarse, por un lado, en la veracidad de los hechos, y por otro, en la justa medida de las expresiones utilizadas y el respeto a las ideas de los demás. Lo que en términos jurídicos se lama “ponderación”.

Todo lo contrario. Confieso, señor Cebrián, que le sigo desde hace muchos años, y tengo a El País por una lectura obligada desde la Transición, en que muchos despertábamos a esta España en permanente construcción. También es verdad que esta lectura obligada la he mantenido en los últimos años más por demérito de sus competidores que por méritos propios, porque al menos han sabido entender cuál es la función de un medio de comunicación.

Pues bien, su artículo, aún siendo de opinión, es tan excesivo en su lenguaje, “impertinentes para expresar las opiniones o informaciones” como dice el juez en el auto que tanto le ha incomodado, que convierte los argumentos que usted utiliza (pocos, por cierto) para defenderse en su tribuna, en argumentos a favor del juez.

Sin embargo, ni el tratamiento que le ha dado al señor juez de instrucción número 40 de Madrid (más que irónico, claramente excesivo por impropio), ni los juicios vertidos en contra del auto, están fundamentados en argumentos objetivos y jurídicos, único lenguaje que se debe manejar cuando se intenta defender lo que la ley otorga o reconoce.

Ni era el momento ni era la forma, señor Cebrián. A mi juicio, ha perdido su segunda batalla. Le aconsejo que frene su ira y, con la cabeza fría, afronte de nuevo este asunto con los argumentos apropiados, que sin duda tiene muchos a su alcance para reclamar lo que cree justo.